El señor Fog
llevaba unos días (en concreto él contó siete, con trece horas y varios minutos
adicionales) sintiéndose especialmente abatido, desganado y falto de ánimo.
Así, decidió que sus análisis, que debían tener lugar dos semanas más tarde, se
acelerasen para identificar rápidamente cualquier aflicción del organismo que
pudiera estar afectándole, antes de que fuese más grave y desembocase en algo
irreversible. Con esa intención se encaminó a la consulta una semana después de
la extracción de sangre, y vio al médico con gesto grave. El señor Fog,
pensando que el mantener la cara enjuta era una especie de deformación
profesional de los médicos al mirar radiografías o resultados de algún tipo, no
dio demasiada importancia al hecho, pero la mirada rigurosa y seca del
facultativo le hizo replantearse su primera impresión.
El señor Fog iba a
preguntarle al médico por aquello que era tan grave, pero, guardando el debido
respeto a una persona de tal posición y cargo, decidió que el silencio fuese
solo interrumpido cuando el señor doctor tuviera a bien comenzar a hablar, y
así fue; el médico soltó aire despacio mientras daba un último vistazo a sus
papeles y, sin tapujos, dijo al señor Fog:
-
Lo que tengo que decirle no lo he dicho en mi
vida, y estoy seguro de que ningún médico antes que yo ha dicho esto. De hecho,
estoy convencido de que en toda la historia de la ciencia ningún caso similar
ha sido antes visto.
Nuestro buen
hombre, ante la importancia de las palabras del médico, solo pudo abrir los
ojos de espanto e imaginarse los síndromes más raros y dolorosos, procesos
degenerativos indignos de un ser humano, y demás patologías descorazonadoras;
pero lo cierto es que el médico solo interrumpió las quimeras del paciente para
decir:
-
Pese a que está usted aquí, delante mío, y es
capaz de hablar, respirar e incluso de asustarse, sus análisis revelan que está
usted muerto.
El señor Fog no
sabía bien si tomarse esto como una broma o intentar entender que quizá esa «muerte»
no era sino un tecnicismo médico con un significado distinto de lo que
habitualmente se entiende por morir. Rápidamente, y casi por un acto reflejo,
se llevó la mano derecha a la altura del corazón para ver si lo oía latir, sin
éxito. A la vez, se sentía muy nervioso e intranquilo, pero no sudaba, ni
respiraba con una fuerza especial, ni sentía ningún indicativo corporal que le
hiciese pensar que realmente estuviese pasando por una situación de
nerviosismo. En realidad, ni siquiera parecía que respirase en absoluto.
-
Dado lo extraño del caso – continuó el médico –
tendremos que hacerle una serie de pruebas adicionales que…
Sin permitirle
acabar, y preso de una ansiedad sin síntomas físicos que le acongojaba aún más
que si fuese la ordinaria, el señor Fog quiso huir. Y eso hizo; salió
rápidamente de la estancia, y recorrió los pocos metros de pasillo hacia la
puerta del ambulatorio esquivando a enfermeras, enfermos y sus enfermedades, a
amigos y familiares de pacientes y fotografías, cuadros y demás elementos
decorativos, algunos de los cuales estaban tan bien ejecutados en su factura
que parecían más vivos de lo que el señor Fog estaba en ese momento.
Que el señor Fog
recuerde, no paró de correr hasta su casa, varias manzanas más hacia el norte,
sin apenas apartar la vista de lo que tenía inmediatamente delante. Cuando
llegó, se dejó caer tras la puerta con los ojos abiertos de par en par, y
horrorizado comprobó que no estaba fatigado en absoluto pese a su falta de
forma. Quiso gritar, y lo hizo, pero con un chillido casi inaudible, poco mayor
que el sonido de una tiza contra un trozo de pizarra, que una piedra atrapada
en la suela de un zapato al arrastrarlo un par de centímetros. Al señor Fog lo
asaltó un ligero sofoco, un tácito desvanecimiento, y se dejó ir.
Casi sin darse
cuenta, tuvo un montón de sueños que luego recordó vívidamente: soñó primero
con mundos simpáticos, entornos agradables que, de no estar dormido y por ello
incapacitado de verse a sí mismo, juraría que exploró con una sonrisa en la cara.
Después, los sueños se tornaron extraños, pero aún gratificantes. De lo
psicodélico y onírico se pasó a lo puramente decimonónico – el señor Fog era un
gran aficionado al siglo del Romanticismo - señoras con parasoles adornados con
elaborados motivos, galanes de chistera en coche de caballos que cortejaban con
amabilidad y respeto al sexo femenino. El señor Fog reflexionó entonces acerca
de lo deseable que hubiera sido nacer en el mil ochocientos y, como por
ensalmo, ciertos versos de Unamuno resonaron en su cabeza.
Pese al habitual
rechazo de nuestra protagonista por la poesía, estas palabras sí resonaron
agradables en la mente del señor Fog, que rápidamente fue arrancado de la
lírica para ser depositado de nuevo en un lugar mucho más tangible y menos emocional,
en un lugar que recordaba bien: el suelo de su propio salón junto a Pasaporte,
que le lamía amigable la cara, importándole poco la muerte o la vida de su amo
mientras éste estuviese a su lado.
El señor Fog
reflexionó por un momento en todas las posibilidades que estar muerto en vida
conllevaría: podría suscribirse a infinidad de publicaciones científicas y
culturales de todo tipo, podría contratar seguros de vida y cobrarlos a las
pocas horas, podría comprar cosas a crédito y no pagarlas nunca; incluso podría
contar bonitas historias sobre la vida y la muerte por televisión y radio, en
gacetas locales o en terrazas de cafetería a señoritas de oído fino y corazón
abierto, pero enseguida cayó en la cuenta de que eso no podría ser, que
aprovecharse de su destino sería deshonroso e impúdico. Recordó a Ícaro y el
precio de las ambiciones, y, súbitamente, Unamuno volvió a sus mientes:
«Y en el silencio de la noche reza,
la oración del amante resignado
sólo al amor, que es su única riqueza».
Sonrió para sus adentros, quiso encaminarse al médico, y
despertó.