Lista de anécdotas

3. Del extraño caso de los análisis del señor Fog.


El señor Fog llevaba unos días (en concreto él contó siete, con trece horas y varios minutos adicionales) sintiéndose especialmente abatido, desganado y falto de ánimo. Así, decidió que sus análisis, que debían tener lugar dos semanas más tarde, se acelerasen para identificar rápidamente cualquier aflicción del organismo que pudiera estar afectándole, antes de que fuese más grave y desembocase en algo irreversible. Con esa intención se encaminó a la consulta una semana después de la extracción de sangre, y vio al médico con gesto grave. El señor Fog, pensando que el mantener la cara enjuta era una especie de deformación profesional de los médicos al mirar radiografías o resultados de algún tipo, no dio demasiada importancia al hecho, pero la mirada rigurosa y seca del facultativo le hizo replantearse su primera impresión.
El señor Fog iba a preguntarle al médico por aquello que era tan grave, pero, guardando el debido respeto a una persona de tal posición y cargo, decidió que el silencio fuese solo interrumpido cuando el señor doctor tuviera a bien comenzar a hablar, y así fue; el médico soltó aire despacio mientras daba un último vistazo a sus papeles y, sin tapujos, dijo al señor Fog:
-     Lo que tengo que decirle no lo he dicho en mi vida, y estoy seguro de que ningún médico antes que yo ha dicho esto. De hecho, estoy convencido de que en toda la historia de la ciencia ningún caso similar ha sido antes visto.
Nuestro buen hombre, ante la importancia de las palabras del médico, solo pudo abrir los ojos de espanto e imaginarse los síndromes más raros y dolorosos, procesos degenerativos indignos de un ser humano, y demás patologías descorazonadoras; pero lo cierto es que el médico solo interrumpió las quimeras del paciente para decir:
-     Pese a que está usted aquí, delante mío, y es capaz de hablar, respirar e incluso de asustarse, sus análisis revelan que está usted muerto.
El señor Fog no sabía bien si tomarse esto como una broma o intentar entender que quizá esa «muerte» no era sino un tecnicismo médico con un significado distinto de lo que habitualmente se entiende por morir. Rápidamente, y casi por un acto reflejo, se llevó la mano derecha a la altura del corazón para ver si lo oía latir, sin éxito. A la vez, se sentía muy nervioso e intranquilo, pero no sudaba, ni respiraba con una fuerza especial, ni sentía ningún indicativo corporal que le hiciese pensar que realmente estuviese pasando por una situación de nerviosismo. En realidad, ni siquiera parecía que respirase en absoluto.
-     Dado lo extraño del caso – continuó el médico – tendremos que hacerle una serie de pruebas adicionales que…
Sin permitirle acabar, y preso de una ansiedad sin síntomas físicos que le acongojaba aún más que si fuese la ordinaria, el señor Fog quiso huir. Y eso hizo; salió rápidamente de la estancia, y recorrió los pocos metros de pasillo hacia la puerta del ambulatorio esquivando a enfermeras, enfermos y sus enfermedades, a amigos y familiares de pacientes y fotografías, cuadros y demás elementos decorativos, algunos de los cuales estaban tan bien ejecutados en su factura que parecían más vivos de lo que el señor Fog estaba en ese momento.
Que el señor Fog recuerde, no paró de correr hasta su casa, varias manzanas más hacia el norte, sin apenas apartar la vista de lo que tenía inmediatamente delante. Cuando llegó, se dejó caer tras la puerta con los ojos abiertos de par en par, y horrorizado comprobó que no estaba fatigado en absoluto pese a su falta de forma. Quiso gritar, y lo hizo, pero con un chillido casi inaudible, poco mayor que el sonido de una tiza contra un trozo de pizarra, que una piedra atrapada en la suela de un zapato al arrastrarlo un par de centímetros. Al señor Fog lo asaltó un ligero sofoco, un tácito desvanecimiento, y se dejó ir.
Casi sin darse cuenta, tuvo un montón de sueños que luego recordó vívidamente: soñó primero con mundos simpáticos, entornos agradables que, de no estar dormido y por ello incapacitado de verse a sí mismo, juraría que exploró con una sonrisa en la cara. Después, los sueños se tornaron extraños, pero aún gratificantes. De lo psicodélico y onírico se pasó a lo puramente decimonónico – el señor Fog era un gran aficionado al siglo del Romanticismo - señoras con parasoles adornados con elaborados motivos, galanes de chistera en coche de caballos que cortejaban con amabilidad y respeto al sexo femenino. El señor Fog reflexionó entonces acerca de lo deseable que hubiera sido nacer en el mil ochocientos y, como por ensalmo, ciertos versos de Unamuno resonaron en su cabeza.
Pese al habitual rechazo de nuestra protagonista por la poesía, estas palabras sí resonaron agradables en la mente del señor Fog, que rápidamente fue arrancado de la lírica para ser depositado de nuevo en un lugar mucho más tangible y menos emocional, en un lugar que recordaba bien: el suelo de su propio salón junto a Pasaporte, que le lamía amigable la cara, importándole poco la muerte o la vida de su amo mientras éste estuviese a su lado.
El señor Fog reflexionó por un momento en todas las posibilidades que estar muerto en vida conllevaría: podría suscribirse a infinidad de publicaciones científicas y culturales de todo tipo, podría contratar seguros de vida y cobrarlos a las pocas horas, podría comprar cosas a crédito y no pagarlas nunca; incluso podría contar bonitas historias sobre la vida y la muerte por televisión y radio, en gacetas locales o en terrazas de cafetería a señoritas de oído fino y corazón abierto, pero enseguida cayó en la cuenta de que eso no podría ser, que aprovecharse de su destino sería deshonroso e impúdico. Recordó a Ícaro y el precio de las ambiciones, y, súbitamente, Unamuno volvió a sus mientes:
«Y en el silencio de la noche reza,
la oración del amante resignado
sólo al amor, que es su única riqueza».

Sonrió para sus adentros, quiso encaminarse al médico, y despertó.

2. De las aficiones y gustos del señor Fog.




Como hemos dicho ya, aunque el señor Fog no lograba hacer de sus costumbres intencionadas una seña de identidad, sin embargo sí tenía sus propias filias y fobias que le caracterizaban en grado suficiente.
Para empezar, y como ya se ha comentado, el señor Fog era un enamorado de la mesura, pero tenía dificultades para alcanzar lo que vulgarmente se entiende como «el término medio». Siempre se preguntaba en qué punto algo es suficiente, en qué punto es demasiado y en qué punto escaso. Siempre que tomaba un baño, trataba de mojar solo su parte derecha primero y dejar la izquierda seca, y se observaba medio seco/ medio mojado, admirándose por la parte central de su cuerpo, que permanecía en dos estados y a la vez en ninguno - «Es otra forma de término medio» decía Fog para sí -. En su incertidumbre, el señor Fog llegó a preguntarse si había alguna célula en su cuerpo que perteneciera mitad a la parte húmeda y mitad a la seca, y si la parte del cuerpo que tenía seca pudiera mojarse sola por algún efecto de homeostasis.
Estas preguntas tan complejas alejaban a Fog de su verdadera profesión hacia la Medicina o la Biología. Fog era filósofo, pero no un filósofo cualquiera; él era un filósofo de la vida. De pequeño, debido a sus naturales meteduras de pata provocadas por la falta de experiencia, parece ser que su madre le llamaba repetidamente «ignorante de la vida», y por ello quiso forjar en su persona tan notable profesión: Fog aspiraba a comprender todas las pequeñas cosas de nuestra vida, ordenarlas y darles un sentido adecuado para optimizar sus mieles y minimizar sus sinsabores.
La sabiduría de Fog era de sobra conocida en el bar que regentaba, y en muchas ocasiones había dado consejo a las gentes que tenían a bien acercársele, aunque, cierto es, no eran muchas. En la rica historia de la Filosofía siempre encontraba algún punto de apoyo que respaldase sus consejos. Un día se le acercó una muchacha desesperada porque hacía días que buscaba con ahínco cierta cifra para poder pagar la manutención de su hijo. La mujer le dijo a Fog que, de no tener listo el dinero para la semana siguiente, tendría que recurrir al robo, pues el bienestar de su hijo era lo que más le importaba. Fog, entonces, le soltó con gesto solemne: «Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin, y nunca sólo como un medio». Nuestro buen señor no supo nada más de la mujer, aunque la vio numerosas veces más en el bar, dándole cierta impresión de que le ignoraba tras haberse servido de sus valiosos consejos.
Pero el señor Fog no se molestaba por los pecados inconscientes del vulgo; él sabía que la gente de a pie pecaba por ignorancia, y les perdonaba cual padre espiritual. No obstante, se prometía no perdonar demasiadas faltas, y aquí se encontraba con el mismo problema de siempre: ¿Cuántas serían demasiadas faltas? ¿Qué número sería aceptable? Debido a las pocas personas que le pedían consejo, Fog decidió que ese número aún estaba lejos de llegar, pero sin mucho convencimiento, pues ya se ha dicho que era amante de la exactitud.
Fog tenía también algunas otras manías que le ayudaban a llenar su tiempo libre. De entre ellas su favorita era la de analizar palabras; Fog elegía una palabra y comenzaba a desmenuzarla hasta creer entenderla por completo. Así, por ejemplo, comparaba «matrimonio» y «patrimonio» y veía sus varianzas al cambiar la misma palabra de género. Fog analizó cerca de un millar de palabras, pero cierto día, en pleno ejercicio, encontró su talón de Aquiles: su pudor y sentido del honor le impidieron analizar la palabra «envergadura».
A pesar de su amor por las palabras, o más bien debido a él, Fog odiaba la poesía, pues pensaba que forzar los significados y los sonidos de las palabras para encontrar un ritmo era, en cierto modo, traicionarlas, y su aborrecimiento por la poesía continuaba en la música cuando ésta se servía de tales ardides lingüísticos para agradar. Sin embargo, Fog era un amante de la música instrumental, siempre y cuando no fuera muy pomposa, aunque prefería piezas cortas, ya que pensaba que prestar atención a algo tan fútil como la música le haría perderse detalles de su alrededor que quizá le respondiesen algunas incógnitas.
Este era otro de los miedos de Fog, y de los más graves, pues no le permitía dormir cómodamente por el temor a estar ausente cuando algo importante ocurriese. Como el observador de leones en África, Fog se mantenía alerta a cualquier perturbación del status quo de su alrededor, y cada pequeño cambio era anotado en su libreta o en sus retinas, dependiendo de dónde se encontrase.
En vista de la situación, Fog había inventado un sistema muy sofisticado para conseguir dormir de vez en cuando, puesto que su médico le había dicho que no era posible pasar sin tal natural ejercicio. Así, Fog pensó astutamente que si se aislaba en su casa y ponía una película que ya hubiese visto repetidas veces, no se perdería nada aunque Morfeo le arrastrase a sus jardines. Y así lo hacía cada día o cada par de ellos, según se acordase o decidiese que tenía mucho en que pensar como para gastar tiempo en tal frivolidad.
En su afán edificante, Fog rechazaba todo lo que no tuviera un trasfondo cultural, de modo que la película que elegía para dormir no era sino un documental sobre Neurología, que le hizo pensar que un descuido del debido ejercicio mental podría provocar cierta atrofia irreversible en la inteligencia humana. Fog, hombre industrioso, se puso manos a la obra, modificando todo lo que pudo a su alrededor para que le costase un poco más hacer las tareas de su día a día y así evitar que su cerebro se oxidase.
Su manía por la conservación mental a veces rozaba lo hilarante. El señor Fog diseñó un sistema por el cual todos los relojes de su casa marcaban una hora diferente, y había que hacer una media aritmética para calcular la verdadera hora. Este plan era un desastre para ser conjugado con algunos otros, especialmente si conllevaban cierta puntualidad, ya que, no solo llevaba un rato comprobar todos los relojes de la casa (cerca de veinte ejemplares), sino también hallar la dichosa media. Además, la poca exactitud que alcanzaba al calcular la hora – por la imposibilidad de mirar todos los relojes simultáneamente – causaba cierta intranquilidad a nuestro protagonista, y esto era lo más frustrante, puesto que la puntualidad nunca importa demasiado en una vida solitaria como la del señor Fog.
La única cita a la que acudía con puntualidad el señor Fog era la visita a su médico. Siempre trataba de llegar exactamente a la hora, aunque siempre tuviera que esperar un buen rato por los retrasos; el señor Fog no quería encontrarse en la deshonrosa situación de ser llamado y no estar, y que alguien pudiera acusarle de no llegar por tener una vida disoluta y descuidar sus compromisos. El señor Fog era un celoso preservador de su salud, por lo que acudía al médico al menos una vez al mes, y cada seis meses como mucho, se hacía los pertinentes análisis de todo lo analizable.
La consulta del médico era uno de los sitios donde el señor Fog, hombre no demasiado gracioso y hábil con las narraciones, encontraba anécdotas que contar. En una ocasión, se encontró en una de sus revisiones periódicas con la situación más insólita que había experimentado en toda su existencia. A continuación trataremos de desarrollarla adecuadamente.

1. De las similitudes de nuestro protagonista con Phileas Fogg.




El hombre del que esta historia habla es conocido como Sr. Fog, pero nadie sabe en realidad cómo fue bautizada la criatura que había nacido hace ya 55 años. El nombre que ahora le adorna proviene de la afición de este hombre por las novelas de Julio Verne, y en concreto de su obstinada lectura juvenil de La vuelta al mundo en 80 días, libro que, según él mismo, había leído demasiadas veces como para ser lo normal de una obra favorita, pero quizá no las suficientes para ser muchas, y, ni que decir tiene, muy lejos de ser demasiadas.

Pues bien, lo cierto es que este hombre siempre quiso parecerse a Phileas Fogg, su protagonista, siempre sin demasiado éxito. Para empezar, nuestro señor Fog nunca tuvo un lugar parecido al Reform Club donde pasar las tardes; en su lugar, regentaba un bar céntrico de la ciudad donde apenas cruzaba saludos con algunos de sus habituales. El señor Fog no tenía medios económicos que le permitiesen procurarse un mayordomo, aunque sí tenía un perrillo negro, un animal de esos que se regalan en los pueblos de vez en cuando. Pasaporte – así se llamaba el perro, por lo imposible de pronunciar el nombre tal como consta en el libro – era un perro sin raza e incluso sin belleza apreciable, pero era el más fiel de los amigos del señor Fog.
La falta de disciplina del señor Fog para las estrictas rutinas de su ídolo era también algo patente en él. Siempre había intentado adquirir algunas costumbres que le caracterizasen, y ya había intentado de todo: desde despertarse todos los días exactamente a la misma hora – minuto incluido – a cepillarse los dientes superiores e inferiores alternativamente en días sucesivos. Todos sus planes se iban al traste, bien por falta de memoria para cumplirlos (acostumbraba a realizar numerosas de sus «costumbres» simultáneamente), bien por falta de tiempo, o simplemente porque él mismo se daba cuenta de la estupidez que suponían. Sea como fuere, sí que el señor Fog tenía algunas manías de las que él mismo no era capaz de apercibirse, pero todo debe ser desvelado a su debido tiempo.
Las diferencias entre el señor Fog y Phileas Fogg llegaban incluso a que aquél había fracasado en conseguir la ligera obesidad de éste, quedándose a veces en lo que acostumbra a llamarse «efecto péndulo»; esto es, en ocasiones el señor Fog lucía una maravillosa y redonda panza notablemente turgente, y otras simplemente mostraba una curvita que en ningún modo podría llamarse siquiera sobrepeso. La dificultad de encontrar el punto intermedio era un problema muy recurrente para el señor Fog.
Hasta aquí llegan las diferencias y similitudes más claras del señor Fog con su ídolo de ficción. Es momento de narrar las particularidades de este curioso hombre con calma, tras la debida presentación.