Como hemos dicho ya, aunque el señor Fog no
lograba hacer de sus costumbres intencionadas una seña de identidad, sin
embargo sí tenía sus propias filias y fobias que le caracterizaban en grado
suficiente.
Para empezar, y como ya se ha comentado, el señor
Fog era un enamorado de la mesura, pero tenía dificultades para alcanzar lo que
vulgarmente se entiende como «el término medio». Siempre se preguntaba en qué
punto algo es suficiente, en qué punto es demasiado y en qué punto escaso.
Siempre que tomaba un baño, trataba de mojar solo su parte derecha primero y
dejar la izquierda seca, y se observaba medio seco/ medio mojado, admirándose
por la parte central de su cuerpo, que permanecía en dos estados y a la vez en
ninguno - «Es otra forma de término medio» decía Fog para sí -. En su
incertidumbre, el señor Fog llegó a preguntarse si había alguna célula en su
cuerpo que perteneciera mitad a la parte húmeda y mitad a la seca, y si la
parte del cuerpo que tenía seca pudiera mojarse sola por algún efecto de
homeostasis.
Estas preguntas tan complejas alejaban a Fog de
su verdadera profesión hacia la Medicina o la Biología. Fog era filósofo, pero
no un filósofo cualquiera; él era un filósofo de la vida. De pequeño, debido a
sus naturales meteduras de pata provocadas por la falta de experiencia, parece
ser que su madre le llamaba repetidamente «ignorante de la vida», y por ello
quiso forjar en su persona tan notable profesión: Fog aspiraba a comprender
todas las pequeñas cosas de nuestra vida, ordenarlas y darles un sentido
adecuado para optimizar sus mieles y minimizar sus sinsabores.
La sabiduría de Fog era de sobra conocida en el
bar que regentaba, y en muchas ocasiones había dado consejo a las gentes que
tenían a bien acercársele, aunque, cierto es, no eran muchas. En la rica
historia de la Filosofía siempre encontraba algún punto de apoyo que respaldase
sus consejos. Un día se le acercó una muchacha desesperada porque hacía días
que buscaba con ahínco cierta cifra para poder pagar la manutención de su hijo.
La mujer le dijo a Fog que, de no tener listo el dinero para la semana
siguiente, tendría que recurrir al robo, pues el bienestar de su hijo era lo
que más le importaba. Fog, entonces, le soltó con gesto solemne: «Obra de tal modo que uses la humanidad,
tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin, y nunca
sólo como un medio». Nuestro buen señor no supo nada más de la mujer,
aunque la vio numerosas veces más en el bar, dándole cierta impresión de que le
ignoraba tras haberse servido de sus valiosos consejos.
Pero el señor Fog no se molestaba por los pecados
inconscientes del vulgo; él sabía que la gente de a pie pecaba por ignorancia,
y les perdonaba cual padre espiritual. No obstante, se prometía no perdonar
demasiadas faltas, y aquí se encontraba con el mismo problema de siempre:
¿Cuántas serían demasiadas faltas? ¿Qué número sería aceptable? Debido a las
pocas personas que le pedían consejo, Fog decidió que ese número aún estaba lejos
de llegar, pero sin mucho convencimiento, pues ya se ha dicho que era amante de
la exactitud.
Fog tenía también algunas otras manías que le
ayudaban a llenar su tiempo libre. De entre ellas su favorita era la de
analizar palabras; Fog elegía una palabra y comenzaba a desmenuzarla hasta
creer entenderla por completo. Así, por ejemplo, comparaba «matrimonio» y
«patrimonio» y veía sus varianzas al cambiar la misma palabra de género. Fog
analizó cerca de un millar de palabras, pero cierto día, en pleno ejercicio,
encontró su talón de Aquiles: su pudor y sentido del honor le impidieron
analizar la palabra «envergadura».
A pesar de su amor por las palabras, o más bien
debido a él, Fog odiaba la poesía, pues pensaba que forzar los significados y
los sonidos de las palabras para encontrar un ritmo era, en cierto modo,
traicionarlas, y su aborrecimiento por la poesía continuaba en la música cuando
ésta se servía de tales ardides lingüísticos para agradar. Sin embargo, Fog era
un amante de la música instrumental, siempre y cuando no fuera muy pomposa,
aunque prefería piezas cortas, ya que pensaba que prestar atención a algo tan
fútil como la música le haría perderse detalles de su alrededor que quizá le
respondiesen algunas incógnitas.
Este era otro de los miedos de Fog, y de los más
graves, pues no le permitía dormir cómodamente por el temor a estar ausente
cuando algo importante ocurriese. Como el observador de leones en África, Fog
se mantenía alerta a cualquier perturbación del status quo de su alrededor, y cada pequeño cambio era anotado en su
libreta o en sus retinas, dependiendo de dónde se encontrase.
En vista de la situación, Fog había inventado un
sistema muy sofisticado para conseguir dormir de vez en cuando, puesto que su
médico le había dicho que no era posible pasar sin tal natural ejercicio. Así,
Fog pensó astutamente que si se aislaba en su casa y ponía una película que ya
hubiese visto repetidas veces, no se perdería nada aunque Morfeo le arrastrase
a sus jardines. Y así lo hacía cada día o cada par de ellos, según se acordase
o decidiese que tenía mucho en que pensar como para gastar tiempo en tal
frivolidad.
En su afán edificante, Fog rechazaba todo lo que
no tuviera un trasfondo cultural, de modo que la película que elegía para
dormir no era sino un documental sobre Neurología, que le hizo pensar que un
descuido del debido ejercicio mental podría provocar cierta atrofia
irreversible en la inteligencia humana. Fog, hombre industrioso, se puso manos
a la obra, modificando todo lo que pudo a su alrededor para que le costase un
poco más hacer las tareas de su día a día y así evitar que su cerebro se
oxidase.
Su manía por la conservación mental a veces
rozaba lo hilarante. El señor Fog diseñó un sistema por el cual todos los
relojes de su casa marcaban una hora diferente, y había que hacer una media
aritmética para calcular la verdadera hora. Este plan era un desastre para ser
conjugado con algunos otros, especialmente si conllevaban cierta puntualidad,
ya que, no solo llevaba un rato comprobar todos los relojes de la casa (cerca
de veinte ejemplares), sino también hallar la dichosa media. Además, la poca
exactitud que alcanzaba al calcular la hora – por la imposibilidad de mirar
todos los relojes simultáneamente – causaba cierta intranquilidad a nuestro
protagonista, y esto era lo más frustrante, puesto que la puntualidad nunca
importa demasiado en una vida solitaria como la del señor Fog.
La única cita a la que acudía con puntualidad el
señor Fog era la visita a su médico. Siempre trataba de llegar exactamente a la
hora, aunque siempre tuviera que esperar un buen rato por los retrasos; el
señor Fog no quería encontrarse en la deshonrosa situación de ser llamado y no
estar, y que alguien pudiera acusarle de no llegar por tener una vida disoluta
y descuidar sus compromisos. El señor Fog era un celoso preservador de su
salud, por lo que acudía al médico al menos una vez al mes, y cada seis meses
como mucho, se hacía los pertinentes análisis de todo lo analizable.
La consulta del médico era uno de los sitios
donde el señor Fog, hombre no demasiado gracioso y hábil con las narraciones,
encontraba anécdotas que contar. En una ocasión, se encontró en una de sus
revisiones periódicas con la situación más insólita que había experimentado en
toda su existencia. A continuación trataremos de desarrollarla adecuadamente.