Lista de anécdotas

2. De las aficiones y gustos del señor Fog.




Como hemos dicho ya, aunque el señor Fog no lograba hacer de sus costumbres intencionadas una seña de identidad, sin embargo sí tenía sus propias filias y fobias que le caracterizaban en grado suficiente.
Para empezar, y como ya se ha comentado, el señor Fog era un enamorado de la mesura, pero tenía dificultades para alcanzar lo que vulgarmente se entiende como «el término medio». Siempre se preguntaba en qué punto algo es suficiente, en qué punto es demasiado y en qué punto escaso. Siempre que tomaba un baño, trataba de mojar solo su parte derecha primero y dejar la izquierda seca, y se observaba medio seco/ medio mojado, admirándose por la parte central de su cuerpo, que permanecía en dos estados y a la vez en ninguno - «Es otra forma de término medio» decía Fog para sí -. En su incertidumbre, el señor Fog llegó a preguntarse si había alguna célula en su cuerpo que perteneciera mitad a la parte húmeda y mitad a la seca, y si la parte del cuerpo que tenía seca pudiera mojarse sola por algún efecto de homeostasis.
Estas preguntas tan complejas alejaban a Fog de su verdadera profesión hacia la Medicina o la Biología. Fog era filósofo, pero no un filósofo cualquiera; él era un filósofo de la vida. De pequeño, debido a sus naturales meteduras de pata provocadas por la falta de experiencia, parece ser que su madre le llamaba repetidamente «ignorante de la vida», y por ello quiso forjar en su persona tan notable profesión: Fog aspiraba a comprender todas las pequeñas cosas de nuestra vida, ordenarlas y darles un sentido adecuado para optimizar sus mieles y minimizar sus sinsabores.
La sabiduría de Fog era de sobra conocida en el bar que regentaba, y en muchas ocasiones había dado consejo a las gentes que tenían a bien acercársele, aunque, cierto es, no eran muchas. En la rica historia de la Filosofía siempre encontraba algún punto de apoyo que respaldase sus consejos. Un día se le acercó una muchacha desesperada porque hacía días que buscaba con ahínco cierta cifra para poder pagar la manutención de su hijo. La mujer le dijo a Fog que, de no tener listo el dinero para la semana siguiente, tendría que recurrir al robo, pues el bienestar de su hijo era lo que más le importaba. Fog, entonces, le soltó con gesto solemne: «Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin, y nunca sólo como un medio». Nuestro buen señor no supo nada más de la mujer, aunque la vio numerosas veces más en el bar, dándole cierta impresión de que le ignoraba tras haberse servido de sus valiosos consejos.
Pero el señor Fog no se molestaba por los pecados inconscientes del vulgo; él sabía que la gente de a pie pecaba por ignorancia, y les perdonaba cual padre espiritual. No obstante, se prometía no perdonar demasiadas faltas, y aquí se encontraba con el mismo problema de siempre: ¿Cuántas serían demasiadas faltas? ¿Qué número sería aceptable? Debido a las pocas personas que le pedían consejo, Fog decidió que ese número aún estaba lejos de llegar, pero sin mucho convencimiento, pues ya se ha dicho que era amante de la exactitud.
Fog tenía también algunas otras manías que le ayudaban a llenar su tiempo libre. De entre ellas su favorita era la de analizar palabras; Fog elegía una palabra y comenzaba a desmenuzarla hasta creer entenderla por completo. Así, por ejemplo, comparaba «matrimonio» y «patrimonio» y veía sus varianzas al cambiar la misma palabra de género. Fog analizó cerca de un millar de palabras, pero cierto día, en pleno ejercicio, encontró su talón de Aquiles: su pudor y sentido del honor le impidieron analizar la palabra «envergadura».
A pesar de su amor por las palabras, o más bien debido a él, Fog odiaba la poesía, pues pensaba que forzar los significados y los sonidos de las palabras para encontrar un ritmo era, en cierto modo, traicionarlas, y su aborrecimiento por la poesía continuaba en la música cuando ésta se servía de tales ardides lingüísticos para agradar. Sin embargo, Fog era un amante de la música instrumental, siempre y cuando no fuera muy pomposa, aunque prefería piezas cortas, ya que pensaba que prestar atención a algo tan fútil como la música le haría perderse detalles de su alrededor que quizá le respondiesen algunas incógnitas.
Este era otro de los miedos de Fog, y de los más graves, pues no le permitía dormir cómodamente por el temor a estar ausente cuando algo importante ocurriese. Como el observador de leones en África, Fog se mantenía alerta a cualquier perturbación del status quo de su alrededor, y cada pequeño cambio era anotado en su libreta o en sus retinas, dependiendo de dónde se encontrase.
En vista de la situación, Fog había inventado un sistema muy sofisticado para conseguir dormir de vez en cuando, puesto que su médico le había dicho que no era posible pasar sin tal natural ejercicio. Así, Fog pensó astutamente que si se aislaba en su casa y ponía una película que ya hubiese visto repetidas veces, no se perdería nada aunque Morfeo le arrastrase a sus jardines. Y así lo hacía cada día o cada par de ellos, según se acordase o decidiese que tenía mucho en que pensar como para gastar tiempo en tal frivolidad.
En su afán edificante, Fog rechazaba todo lo que no tuviera un trasfondo cultural, de modo que la película que elegía para dormir no era sino un documental sobre Neurología, que le hizo pensar que un descuido del debido ejercicio mental podría provocar cierta atrofia irreversible en la inteligencia humana. Fog, hombre industrioso, se puso manos a la obra, modificando todo lo que pudo a su alrededor para que le costase un poco más hacer las tareas de su día a día y así evitar que su cerebro se oxidase.
Su manía por la conservación mental a veces rozaba lo hilarante. El señor Fog diseñó un sistema por el cual todos los relojes de su casa marcaban una hora diferente, y había que hacer una media aritmética para calcular la verdadera hora. Este plan era un desastre para ser conjugado con algunos otros, especialmente si conllevaban cierta puntualidad, ya que, no solo llevaba un rato comprobar todos los relojes de la casa (cerca de veinte ejemplares), sino también hallar la dichosa media. Además, la poca exactitud que alcanzaba al calcular la hora – por la imposibilidad de mirar todos los relojes simultáneamente – causaba cierta intranquilidad a nuestro protagonista, y esto era lo más frustrante, puesto que la puntualidad nunca importa demasiado en una vida solitaria como la del señor Fog.
La única cita a la que acudía con puntualidad el señor Fog era la visita a su médico. Siempre trataba de llegar exactamente a la hora, aunque siempre tuviera que esperar un buen rato por los retrasos; el señor Fog no quería encontrarse en la deshonrosa situación de ser llamado y no estar, y que alguien pudiera acusarle de no llegar por tener una vida disoluta y descuidar sus compromisos. El señor Fog era un celoso preservador de su salud, por lo que acudía al médico al menos una vez al mes, y cada seis meses como mucho, se hacía los pertinentes análisis de todo lo analizable.
La consulta del médico era uno de los sitios donde el señor Fog, hombre no demasiado gracioso y hábil con las narraciones, encontraba anécdotas que contar. En una ocasión, se encontró en una de sus revisiones periódicas con la situación más insólita que había experimentado en toda su existencia. A continuación trataremos de desarrollarla adecuadamente.