El hombre del que esta historia habla es conocido
como Sr. Fog, pero nadie sabe en realidad cómo fue bautizada la criatura que
había nacido hace ya 55 años. El nombre que ahora le adorna proviene de la
afición de este hombre por las novelas de Julio Verne, y en concreto de su
obstinada lectura juvenil de La vuelta al
mundo en 80 días, libro que, según él mismo, había leído demasiadas veces
como para ser lo normal de una obra favorita, pero quizá no las suficientes
para ser muchas, y, ni que decir tiene, muy lejos de ser demasiadas.
Pues bien, lo cierto es que este hombre siempre quiso parecerse a Phileas Fogg, su protagonista, siempre sin demasiado éxito. Para empezar, nuestro señor Fog nunca tuvo un lugar parecido al Reform Club donde pasar las tardes; en su lugar, regentaba un bar céntrico de la ciudad donde apenas cruzaba saludos con algunos de sus habituales. El señor Fog no tenía medios económicos que le permitiesen procurarse un mayordomo, aunque sí tenía un perrillo negro, un animal de esos que se regalan en los pueblos de vez en cuando. Pasaporte – así se llamaba el perro, por lo imposible de pronunciar el nombre tal como consta en el libro – era un perro sin raza e incluso sin belleza apreciable, pero era el más fiel de los amigos del señor Fog.
La falta de disciplina del señor Fog para las
estrictas rutinas de su ídolo era también algo patente en él. Siempre había
intentado adquirir algunas costumbres que le caracterizasen, y ya había
intentado de todo: desde despertarse todos los días exactamente a la misma hora
– minuto incluido – a cepillarse los dientes superiores e inferiores
alternativamente en días sucesivos. Todos sus planes se iban al traste, bien
por falta de memoria para cumplirlos (acostumbraba a realizar numerosas de sus
«costumbres» simultáneamente), bien por falta de tiempo, o simplemente porque él
mismo se daba cuenta de la estupidez que suponían. Sea como fuere, sí que el
señor Fog tenía algunas manías de las que él mismo no era capaz de apercibirse,
pero todo debe ser desvelado a su debido tiempo.
Las diferencias entre el señor Fog y Phileas Fogg
llegaban incluso a que aquél había fracasado en conseguir la ligera obesidad de
éste, quedándose a veces en lo que acostumbra a llamarse «efecto péndulo»; esto
es, en ocasiones el señor Fog lucía una maravillosa y redonda panza
notablemente turgente, y otras simplemente mostraba una curvita que en ningún
modo podría llamarse siquiera sobrepeso. La dificultad de encontrar el punto
intermedio era un problema muy recurrente para el señor Fog.
Hasta aquí llegan las diferencias y similitudes
más claras del señor Fog con su ídolo de ficción. Es momento de narrar las
particularidades de este curioso hombre con calma, tras la debida presentación.